Territorio Comanche
Cuando era niño, me ilusionaba que llegara el día establecido para poder ver Lou Grant, aquella serie en la que retrataba una redacción de un periódico con sus conflictos, su manera de localizar y escribir historias, sus presiones desde el poder o desde los lobbies americanos y sus personajes que eran un fiel reflejo de lo que significaba ser periodista.Más tarde recuerdo aquella película, “Todos los hombres del presidente” en la que se narraba cómo dos jóvenes periodistas del diario The Washington Post, Bob Woodward (Robert Redford) y Carl Bernstein (Dustin Hoffman), investigaban uno de los mayores casos de corrupción descubiertos por el periodismo, y me ilusionaba pensar que algún día podía ser uno de ellos.
El tiempo pasó y comencé a formarme en esa profesión que tantos sueños me despertaba. Contaba con modelos patrios, José María García (deportes) o Miguel de la Quadra-Salcedo (aventuras), todos queríamos ser uno de ellos. Enseguida se nos enseñó que no todos llegaríamos a ser nuestro modelo y que existía algo más en la profesión que aventuras, deportes o escándalos.Ayer devoré una vez más la magnífica película “Territorio Comanche” y volví a pensar en esos héroes periodísticos que nos servían como modelo y en los que pensábamos imitar una vez acabada la carrera. Tal era la ilusión que nos nacía al ver sus crónicas que pocos no pensábamos en ser el próximo José Luis Márquez, Miguel Gil o Arturo Pérez Reverte (como en la película), Gervasio Sánchez, Manu Lenigueche, Tomás Alcoverro, Alfonso Rojo, Julio Fuentes o tantos otros de los que devorábamos sus crónicas y experiencias.
Los tiempos han cambiado, la profesión también y las ilusiones se han vuelto en su mayoría decepciones y amargos tragos de los que tratamos de reponernos una y otra vez porque seguimos teniendo ese cosquilleo en el estómago cuando vemos una crónica bien redactada o un reportaje de investigación bien elaborado.
La tribu ya no es la que era. Ahora criticamos que la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, pueda tener trece cargos y cobrar por ellos pero no que los tertulianos y columnistas acaparen infinidad de colaboraciones mientras la profesión se desangra con cada día más desempleados. Criticamos que “los Gurtel”, los “Chavez” o los “Malaya” usen sus contactos para enriquecerse y mostrar su mejor imagen mientras por detrás hacen lo que quieren pero no denunciamos que compañeros como P.R. o C. Ch. (esta vez voy a ser bueno y no poner sus nombres completos) cobren de Ong a cambio de dar una información en su medio y luego se las den de benefactores porque “sólo cobran la mitad de su caché” por ser una Ong.
En la película que vi ayer, hubo una frase que se me quedó en la mente, “la bala que te mata no se escucha”. El periodismo hoy en día también tiene balas que le van matando poco a poco, balas invisibles pero efectivas, balas que destrozan esa ilusión que muchos pusimos en esta profesión y de la que hoy en día ya no queda apenas nada. La bala que mata la profesión y que permite que se convierta en algo que pocos reconocen se llama paro y nadie se preocupa porque su supervivencia está garantizada con las tertulias, colaboraciones o columnas que realizan.Ojalá alguien se atreva a reinventar el periodismo, quizás los que ahora son niños y tiene como modelo a Belenes Esteban, Kikos o Norias, descubran que hay otros territorios en esta profesión y las balas que la destrozan noten la presión de los profesionales que aún tienen ilusión para hacerlos desaparecer del espectro mediático.